My phrasebook

Siempre recibimos cuando damos.

Una canción

lunes, 15 de noviembre de 2010

Blues stories

Ésta es la historia de un muchacho pobre. Aquel muchacho tenía la sonrisa más agradable del mundo, era una sonrisa franca, sin concesiones, solía ser breve en la extensión de sus comisuras y rápida en su manera de abrir la boca. Es entonces cuando el labio superior se le plegaba y dejaba asomar unos dientes blanquísimos. Al hablar tenía una forma peculiar de asomar las paletas mientras balanceaba la cabeza. Y de pasarse los dedos por la sién. Más que hablar, narraba. Relataba, fabulaba, explicaba, enseñaba sin aleccionar. Uno perdía la cuenta de los temas que ensartaba, pero nunca te perdías en los circunloquios de sus historias. Siempre había un punto de referencia invisible al que llegaba. Pero llegaba a su estilo. Ese estilo, el más antiacademicista que he visto, era el mejor. Si me preguntas por qué, no lo sé. Me gustaba. El placer de escuchar a ese muchacho podía superar al chocolate. Te quitaban el postre y salías ganando con la conversación de aquel muchacho.



Aquel muchacho tenía una bicicleta. La había acondicionado para que un pequeñajo se subiera en ella pero no podía llevársela. Por aquél entonces los kilómetros se le acumulaban en su cuerpo, fornido, nada atlético. Un cuerpo para luchar de alguien que sólo utilizaba la palabra para razonar. El suyo era un pacifismo sutil, sin palabrerías ni demostraciones. Llevaba luchando toda su vida ante mil avatares y siempre salía de ellos. Maltrecho, dolorido, diríase que haste perplejo, pero entonces cogía un Jack Daniels y te contaba una historia. Y siempre una con sonrisa en los labios. Pero no era una mueca o un gesto en la cara, no. Era una expresión que nacía en sus ojos, que aleteaba en su nariz grandota y que te llegaba sin rodeos. Era una sonrisa con chispas, con mucho brío, sin estridencias. En ocasiones era una sonrisa cálida que te envolvía y te abrigaba como si lo hicieran sus fuertes brazos.



Aquel muchacho tenía una guitarra. Conocía los compases antes de tenerla por vez primera en sus manos. Sus correrías le llevaban la delantera. Eran muchas vidas vividas, muchas heridas cicatrizadas, muchas resacas, muchos sueños, muchas mujeres de humo y muchos tipos con malos humos. Aquel muchacho era feliz con su guitarra, incansable su manejo con ella. Un día se la quitaron pero sus dedos seguían el acorde porque nadie roba el blues. Nadie roba la ilusión, ni las ganas, ni él animo, ni la entereza. Nadie roba una sonrisa y aquel muchacho tiznado, hijo adoptivo del Mississippi, era un buen derrochador de sonrisa.


Aquel muchacho tenía un amigo. Éste se había sentido solo y un tanto desorientado hasta que recibió un mensaje en cierta lengua que sólo ellos conocían. Y luego estaba otro, amigo suyo de juventud, que desde entonces no podía tener mejor compañero de garitos, de historias, de la vida. También tenía otro amigo. Era asombrosa la buena conexión entre ambos. Más que tocar juntos parecían estar hechos de la misma cuerda. Y luego estaban los otros dos, uno de ellos supo darle justo lo que necesitaba en el momento más apropiado. Tenía amigos. No hace falta que fueran muchos o pocos, que fueran buenos amigos o no. Cada uno se sentía el más importante, el más apreciado por aquel muchacho.



Aquél muchacho tenía libros y con uno de ellos hizo inmensamente feliz a una muchacha. Nunca sabría, el que nada tenía, todo lo que le había dado a ella en aquel mediodía otoñal.






- ¿Aquí acaba la historia?

- Pues no lo sé, me la he inventado sobre la marcha.

- Yo conozco a la muchacha. Ella dice "que todo se arreglará".

- ¡Eso son palabras. No hechos!. Hechos es lo que desprende ese muchacho. Si supieras lo agradable que es siempre. Haya ocurrido lo que sea, sea el momento que sea. Siempre tiene una sonrisa en esta vida de mierda.

- Con una sonrisa como la de ese muchacho la vida deja de ser una mierda.

- Eso es cierto.

Para J.,
en sempiterno estado de apuros con su permanente sonrisa.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lo salva la música

¿Qué tienen en común Tarantino y Sálvame? Una buena selección de canciones.

Lo sorprendente del programa de televisión es que en medio de tanto cutrerío suenen canciones chulas, que uno acaba tarareando (e incluso identificando en un móvil) una vez que ha dado con ellas.



Porque son canciones actuales que han ido a parar al momento bajada de escaleras de Jorge Javier Vázquez + presentación de colaboradores y al momento publicitario de la revista del programa.



Está claro que sus autores han hecho algo más que vender su alma al diablo al permitir que sus canciones suenen en ese programa por un -buen- puñado de euros pero resulta más plausible el buen gusto de quien las ha elegido.

Empezando por el Sálvame de la otrora Bibi Andersen (hoy rebautizada como Bibiana Fernández). Claro que son los Nancy Rubias los que la rescataron del olvido.



Y rompiendo una lanza en favor del programa, algo que no he leído ni escuchado (ni facebookeado) es la buena labor que hace a favor de la música actual. Y a la chita callando, lo que más me gusta es que lo hace a través de actuaciones en directo y publicitando un Cd. Nada de desfiles de triunfitos trufados con la mierdorrea de kikos y belenes. Todos los días un grupo o cantante nuevo, de esos que sólo conocen en su casa a la hora de comer y que te hacen compadecerlos pensando en el valor de poner un disco en el mercado actual y en las circunstancias actuales.

martes, 26 de octubre de 2010

Lo que siempre quise hacer

Ayer salí de casa a las 7.30 y volví a las 21.45. Todo el día fuera. Trabajando, almorzando y luego haciendo diversas actividades. Por cosas del ajuste de horarios me falta o me sobra tiempo; en el peor de los casos cruzo los dedos para que haya una combinación de Tussam y en el mejor de los casos doy un agradable paseo por las afueras del Parque de Mª Luisa y leo un poquillo.

Los lunes y los miércoles estoy asistiendo a clases de inglés e italiano. Los martes y los jueves doy clases de español a extranjeros y voy a natación (ejem, esto se ha quedado en un debo y no quiero, como fue lo último que planifiqué en proporción directa a las ganas que tenía: cuando llegué al gimnasio no quedaban plazas). Los viernes es mi día de descanso. Una generosa ración de sillonball para mi maltrecha columna vertebrral (extiéndese el término de maltrecho a las rodillas y a toda la espalda). Y los fines de semana son variables como el tiempo (nunca mejor dicho, ¿os habéis fijado que el buen tiempo qué está haciendo se estropea los findes?).

Recuerdo 3º de Bup como un año cultureta y en el que supe que lo que más me gustaba era precisamente lo que hago ahora: salir de casa y no regresar hasta la noche. Tener las mañanas ocupadas (estudio/trabajo actual) y tener las tardes libres. Para ir a conferencias, exposiciones, apuntarme a cursos, al gimnasio, ir de compras evitando así las aglomeraciones y anticipándome al "no quedarme sin lo que vi". Y entre cada estadía, equiparables en realidad a dos mundos contrapuestos pero imprescindibles: el trabajo me da el tiempo y el dinero para el ocio y el ocio me libera de la carga del trabajo; el almuerzo. Si en época de vacaciones adoro desayunar fuera, me encanta almorzar fuera en días laborales.

En la época de Cefoec (aquellos que me conocen, saben que fue una de mis mejores épocas de mi vida), solía quedar para almorzar algún día al mes. Ahora como fuera dos días a la semana y como es cuestión de horario me apaño con unos sandwiches. Lo que ahorro repercute en mis excursiones del Románico y los viajecitos que estoy planificando.

En realidad son días solitarios pero precisamente ese matiz es el que me distingue y sobre todo me apetece. Y como aprender es lo que más me gusta, por eso me gusta apuntarme a cursos y asistir a cosas que me interesan. Nunca entendí que para hacer tales actividades necesitara acompañante pero aún así es inevitable que me pregunten "¿y vas sóla?" o que recalquen "que no conzco" cosa que deja de ocurrir a los dos minutos de haberme sentado en algún sitio.

Sólo hay una "pega" a mi estilo de vida actual. Este blog. Ainss, qué abandonaíllo lo tengo al pobre. De la Blogosfera ando medio desconectada. Sigo algunos blogs, los que me llegan a través del Facebook, fundamentalmente, pero los ojeo desde el ordenata del departamento y poco más. Ganas no me faltan, ni temas, pero Cronos debería regalarme algunos minutejos.

jueves, 14 de octubre de 2010

El espía de Arturo

Os propongo el siguiente acertijo basado en el pensamiento lateral:

En la época del rey Arturo, un espía de Camelot, debía entrar a un castillo para poder investigar cuáles eran los planes de los enemigos, pero al llegar descubrió que las puertas del castillo estaban cerradas, así que se dijo. ¿cómo podré entrar?...ya se, esperaré y observaré cómo entran los demás...?, dicho y hecho, se escondió entre unos matorrales y se quedó observando....

Llegó un soldado a las puertas del castillo, el vigía de la torre le dijo: ¡dieciocho! a lo que el soldado contestó; ¡nueve! y abrieron las puertas..., al poco rato llegó otro soldado, el vigía le dijo ¡catorce! y el soldado respondió: ¡siete! y abrieron las puertas...., más tarde llegó otro soldado y el vigía le dijo: ¡ocho! y el soldado le respondió: ¡cuatro! y abrieron de nuevo las puertas....

El espía de Arturo que había estado observando pensó que lo tenía muy fácil para entrar, se acercó a la puerta, el vigía le dijo: ¡seis!, a lo que el espía contesto: ¡tres!...El vigía cogió un arco y lo mató...

¿Qué es lo que tenía que haber dicho el espía para poder entrar en el castillo? ¿Por qué?

viernes, 24 de septiembre de 2010

Vinieron las lluvias

La lluvia golpetea los cristales de un salón en penumbra donde destaca la silueta del sillón que acoge una figura pequeña acurrucada en torno a un libro entre sus manos y pese al aire frío que circula por las callejuelas, ella deja un resquicio de ventana abierta para que se cuele el olor querido a tierra mojada y le haga sentir emociones infantiles de antaño acompasadas por el tic tac del reloj que avanza imparable hasta dar la hora en que se mezclará en el bullicio vivaracho de un café y templar el corazón con las risas de amigos y un buen chocolate.

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