Ayer tarde me dirigía a casa desde la calle Sor Ángela de la Cruz (como muchos sevillanos la sigo llamando así, pero bien rotulada que está como santa). Iba distraída mirado las obras de una casa (de unas antiguas conocidas, están levantando un tercer piso pero el resto tiene pinta de abandonado y me preguntaba si aún viven alli) cuando reparé en el convento que estaba abierto.
No me detuve sino que pasé escudriñando el interior y mi mirada en diagonal pasó a las manos de un hombre de poco más de mi edad que estaba apoyado en la pared con los dedos recogidos en torno a lo que supuse una papelina. Con naturalidad desvié la mirada pero un coche me obligó a subirme a la acera. Entonces le vi la cara, ennegrecida no sólo por la más que incipiente barba, pero no desagradaba.
- ¿Me da usted algo?
Me llevé la mano al bolsillo del chubasquero pero no estaban las monedas de la mañana.
- No llevo suelto, lo siento -musité.
- No importa, -aquí vino la sorprendente declaración- tengo cambio de 10 euros.
- Pues sí tiene 10 euros ya tiene más que yo -le dije con boca burlona y ojos amables.
Y al doblar la esquina de mi calle me encontré otra vez con aquel cartel que me recordaba los Wanted del oeste:
- ¿Me da usted algo?
Me llevé la mano al bolsillo del chubasquero pero no estaban las monedas de la mañana.
- No llevo suelto, lo siento -musité.
- No importa, -aquí vino la sorprendente declaración- tengo cambio de 10 euros.
- Pues sí tiene 10 euros ya tiene más que yo -le dije con boca burlona y ojos amables.
Y al doblar la esquina de mi calle me encontré otra vez con aquel cartel que me recordaba los Wanted del oeste:
Por esa cantidad yo misma cogía a una perrilla indefensa que haya sido abandonada, le pintaba el hocico y los cuartos como haría Harpo Marx y dispuesta a darle un hogar hacía el cambio.


